San Genaro Obispo y Mártir

Durante la persecución de Diocleciano, por el delito de haber confesado públicamente su fe, fueron detenidos en Pozzuoli, por orden del gobernador de Campania: Sosso, diácono de Miseno, Próculo, diácono de Pozzuoli, y los laicos Euticio y Acucio.
Cuando San Genaro tuvo noticias de que su amigo Sosso y sus compañeros habían caído en manos de los perseguidores, decidió ir a visitarlos y a darles consuelo y aliento en la prisión. Como era de esperarse, sus visitas no pasaron inadvertidas y los carceleros dieron cuenta a sus superiores que un hombre de Benevento iba con frecuencia a hablar con los cristianos. El gobernador mandó que le aprehendieran y lo llevaran a su presencia, de tal manera que dos días más tarde fueron detenidos y conducidos a Nola donde se hallaba el gobernador, el obispo Jenaro, Festo, su diácono y Desiderio, un lector de su iglesia.
En Pozzuoli fueron arrojados a la misma prisión en que se hallaban sus cuatro amigos. Condenaron entonces a todo el grupo a ser echados a las fieras, pero para decepción del público, las fieras hambrientas y provocadas no hicieron otra cosa que rugir mansamente, sin acercarse siquiera a sus presuntas víctimas, por lo que los siete confesores fueron condenados a morir decapitados.
Desde 1497, las reliquias de San Genaro se conservan en Nápoles, desde donde se honra y venera a este santo como su patrono principal.
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