
Se reactivan los hornos comunitarios del Piamonte
Redacción web
La idea detrás del horno social es simple: tener un lugar equipado con un horno, construido con diferentes materiales y técnicas, en el que autoproducir el propio pan. Permiten que muchas personas se encuentren en un solo ambiente, convirtiéndose así en un lugar para participar en una forma de ahorrar, en aunar esfuerzos, compartir gastos y productos, obtener una manufactura de alta calidad, ampliar conocimientos y ayudar al medio ambiente, transformando efectivamente el pan en una actividad de crecimiento comunitario. El aspecto educativo nunca debe ser subestimado.
Una vez, antes de que hubiera una cocina en cada casa, cocinar el pan en el horno común del pueblo, donde todos los habitantes llevaban su propia masa para hornear, era un momento de socialización que favorecía el intercambio entre las personas mientras esperaban la cocción adecuada. Era un lugar para reunirse y compartir. Un lugar de intercambio de harinas y levaduras, pero también de saberes y conocimientos, y al mismo tiempo, de construir relaciones. Las familias podían almacenar pan durante un mes entero.

La gente llegaba donde había un horno a disposición de todas las familias, y pagaban 5 liras para hornear un kilo de pan y 30 liras para cocinar focaccia simple. Algunos incluso pedían cocinar los macarrones en una sartén en el horno de leña y pagaban 40 liras. Así, todos juntos, compartiendo opiniones, sabores y recetas.
Hoy, el horno a leña común nace de la necesidad de apropiarse de los saberes de nuestras abuelas, que fueron la base de nuestra alimentación. Son lugares que pertenecen a nuestra historia, a nuestro pasado, que habían sido abandonados.

En los últimos años se asiste a un fenómeno que parece avanzar con la misma tenacidad persistente que el progreso, pero en sentido contrario: el redescubrimiento de las tradiciones. Ciertas cosas, como el aroma del pan caliente, el olor a madera quemada, ejercen un poder evocador irresistible e inmediato como probable legado de recuerdos sensoriales ancestrales. La cocción en horno a leña aporta a los alimentos sabores, texturas y aromas que serían imposibles de reproducir con otras técnicas.
Vuelve la tendencia de los hornos compartidos. Hornos de antaño en pueblos que se reencienden para ocasiones especiales, hornos construidos desde cero para acoger a las comunidades que nacen, incluso en las grandes ciudades, en torno al deseo de hacer pan. Una tendencia que va muy bien con la atención a la calidad de los ingredientes y con la recuperación de variedades milenarias de trigo.
Es posible, en muchos lugares, dos veces por semana, abastecerse de pan horneado en el momento, de producción propia, de forma natural, reduciendo la necesidad de embalajes inútiles, envases de plástico y las habituales bolsas que luego acaban en los basureros.

Una vez indispensables para satisfacer las necesidades diarias de pan, hoy se utilizan ocasionalmente para pan, pasteles, tartas, tortas, asados y pastas horneadas en días festivos u ocasiones especiales.
Los hay modernos, de reciente construcción en barro o ladrillos y los de nueva generación alimentados por pellets. Y luego están los antiguos, restaurados, reactivados y confiados a la comunidad. Desde que, ya sea por la crisis, por el placer de saber con qué harina se hace el pan que se lleva a la mesa, o por el renovado deseo de estar juntos, asociaciones, centros sociales, administraciones municipales o simples ciudadanos han decidido proponer un antiguo modelo de asociación y cocina tradicional.
Para sostener la asociación, valen las ofertas gratuitas de los ciudadanos, además de la tasa de quienes opten por ir allí a hornear pan.
En los pequeños pueblos italianos, los hornos colectivos representaron, durante mucho tiempo, un lugar de encuentro fundamental para las comunidades.
Los de Piamonte se reencienden, dando la posibilidad a todas las familias de hornear y hacer almacenamiento de pan.




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