
Rafaela marchó contra la violencia de género a once años del primer "Ni Una Menos"
Marcelo Algarbe CalamanteHace exactamente años, el de junio de, la sociedad argentina colmaba las plazas de todo el país en una movilización histórica. Aquel primer grito federal de Ni Una Menos nació de la rabia generalizada ante la sucesión imparable de crímenes espantosos. El horror del asesinato de Chiara Páez, de apenas años en Rufino, catalizó un hartazgo profundo. Los cuerpos de mujeres, niñas e identidades feminizadas no podían seguir siendo tratados como desechos. Ese día comprendimos de manera colectiva que a las violencias se les responde en comunidad.
Hoy, a años de ese hito, el dolor se actualiza. Seguimos contando víctimas y volvemos a nombrar a quienes nos faltan. El sufrimiento nos atraviesa de forma desgarradora con los recientes asesinatos de las jóvenes Agostina y Dulce en nuestro país. El femicidio de Agostina puso de manifiesto una vez más la desidia de un entramado político y judicial que prioriza la logística de espectáculos deportivos antes que la vida de una piba de años. A estos nombres se suman las exigencias de justicia por la investigadora del CONICET, Silvina, en Santa Fe, y las denuncias por la inacción estatal ante desapariciones como la de Delicia Mamani, cuya investigación por posible trata se inició de forma tardía.
Estos son solo algunos de los casos que sucedieron en las últimas semanas. Mientras pensábamos qué tipo de actividad realizar en la ciudad por el de junio, nos llegaban noticias, tristes noticias, que reafirmaban que la violencia de género y la crueldad extrema siguen siendo moneda corriente en un país en donde el Estado Nacional decide desfinanciar todo tipo de programa y política de género. En un país donde los medios de comunicación son promotores de esa violencia, donde la policía y el sistema judicial son cómplices de cada femicidio.
A lo largo de estos años, el movimiento creció y se transformó en una red interseccional federal que nos contiene. Sin embargo, el escenario actual nos obliga a pasar de la memoria a la resistencia. Los femicidios no cesan y las estructuras que supimos conquistar para prevenirlos y asistirlos están sufriendo un desmantelamiento sin precedentes. Frente a la escasez de datos oficiales, el registro sostenido por organizaciones feministas permite dimensionar que la violencia machista es un problema estructural y crónico.
Entre el de junio de y el de mayo de se registraron.096 femicidios en el territorio argentino. En lo que va del, entre el de enero y el de mayo se contabilizaron femicidios, lo que equivale a la trágica regularidad de un crimen cada hora, sumado a intentos de femicidio registrados. La provincia de Santa Fe junto a Santiago del Estero, San Luis y Chubut son las que presentan los índices más alarmantes en este periodo.
Los datos demuelen los mitos de la inseguridad urbana. El hogar sigue siendo el lugar más peligroso: el% de los crímenes ocurrieron en la vivienda de la víctima. Asimismo, casi el% de los agresores pertenecían al círculo íntimo —parejas, exparejas o familiares—. El impacto social de esta violencia es devastador para las infancias. Durante 11 años niños, niñas y adolescentes se quedaron sin madre.
Se complementa con el desamparo institucional. En promedio, en los últimos años apenas el% de las víctimas había podido denunciar a su agresor. Lejos de mejorar en lo que va de, las denuncias previas descendieron drásticamente al%. Este descenso no es casual; refleja la falta de herramientas de prevención y asistencia que desalienta a las víctimas a recurrir a los dispositivos del Estado, provocando que más mujeres queden desprotegidas y más víctimas dejen de denunciar porque saben que no serán escuchadas. De ese porcentaje mínimo que sí denunció, el% contaba con una orden de restricción perimetral que fue vulnerada, demostrando la ineficacia de las respuestas judiciales actuales.
No faltan denuncias reales, faltan denuncias escuchadas y respuestas eficaces. Este aniversario nos encuentra en un contexto particularmente grave. Enfrentamos a un gobierno nacional que ejerce un negacionismo explícito, niega sistemáticamente las desigualdades de género, desmantela políticas públicas de protección y promueve discursos que banalizan la violencia que atravesamos mujeres y diversidades. Desde que asumió la actual gestión, existe una clara intención política de no abordar estas problemáticas, lo cual se percibe hasta en los dichos del propio presidente, quien intenta descalificarnos, violentarnos y humillarnos desde los más altos niveles del poder.
¿Qué hacer cuando es el mismísimo presidente que fomenta la violencia de género? La eliminación de políticas públicas vulnera obligaciones internacionales con jerarquía constitucional y desoye las advertencias de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Las políticas de género no son un gasto, son inversión en equidad, cuidado y protección de la vida. Las mujeres y diversidades son las principales afectadas por la pobreza y quienes asumen las tareas de cuidado. Los recortes y el desmantelamiento de políticas públicas abonan de forma directa a la feminización de la pobreza y el aumento de las violencias.
Ante un panorama de hostilidad y retroceso, la fuerza feminista e interseccional reafirma su vigencia en alianza con las, los y les trabajadores, las universidades públicas, el sector de la salud, la docencia, las y los jubilados y la ciudadanía movilizada. Exigimos la restitución de los canales de asistencia, el presupuesto para las leyes de protección y la plena implementación de la Educación Sexual Integral como la herramienta cultural y educativa fundamental para desarmar las violencias desde las aulas.
Como mujeres, como trabajadoras, como estudiantes, como madres, hijas y compañeras, no vamos a retroceder. Porque cada derecho conquistado fue producto de la organización colectiva. Porque cada mujer que ya no está nos obliga a seguir. Porque nuestras vidas valen. Hoy, de junio, volvemos a ocupar el espacio público con la misma convicción que en, con más rabia, pero también con la certeza de que no vamos a retroceder. Ningún cuerpo es descartable. Nos mueve el deseo empecinado de diseñar y experimentar formas de vida donde podamos transitar libres y sin miedo. Ni una menos por el ajuste, ni una menos por la violencia machista. Sin ESI no hay Ni Una Menos. Vivas, libres y desendeudadas nos queremos. Acá estuvimos, acá estamos y acá estaremos.


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