"Es una celebración muy especial porque la Tierra se une con el cielo"

Locales 25 de octubre de 2022 Por Redacción web
Destacó el obispo Fernández en la homilía por el aniversario de la dedicación de la Iglesia Catedral San Rafael y el día de la ciudad de Rafaela. "Es lo que al hacer memoria fue la realidad de los orígenes rafaelinos", agregó.
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El obispo diocesano Luis Fernández presidió anoche la misa por la dedicación de la Iglesia Catedral San Rafael y el día del 141º Aniversario de la fundación-formación de la ciudad de Rafaela, ante la presencia de autoridades locales y provinciales. 
La ceremonia fue concelebrada por los sacerdotes Neri Zbrun (uno de los vicarios generales de la diócesis de Rafaela), Alejandro Mugna (párroco de San Rafael), Jorge Buschittari (San Cayetano), Oscar Sara (Santa Rosa de Lima), Luis Cecchi (Fátima), Ariel Botto (vicario de Catedral) y Hugo Barbero (Susana).
Entre el numeroso público, estuvieron presentes el intendente Luis Castellano con su esposa Rosana Gastaldi, el senador provincial por el departamento Castellanos Alcides Calvo, los concejales Ceferino Mondino y Miguel Destéfanis, el jefe de la URV de Policía José Carruega, el jefe del Escuadrón Vial Rafaela de Gendarmería Nacional Dante Romero, funcionarios municipales, entre otros. A continuación, se comparte la homilía del obispo Fernández:
El día de la dedicación de esta Iglesia Catedral "San Rafael Arcángel" y el día de la ciudad de Rafaela nos ponen ante una celebración muy especial, ya que la Tierra se une con el cielo y la presencia de lo trascendente del mismo Dios se une con lo humano. Es lo que al hacer memoria fue la realidad de los orígenes rafaelinos, donde todo pasó ante la realidad de tiempos nuevos, con desafíos de posibilidades que se abrían para la vida, capaz siempre de crear vínculos que hacen "comunión y encuentros fraternos" frente al sacrificio de todo lo que comienza; donde los nombres del arcángel San Rafael y el de Rafaela se entrelazaron para siempre, algo tan propio profundo del cristianismo, ya que hacía dos mil años Jesucristo el Hijo de Dios, se había hecho hombre en el vientre purísimo de la Virgen María, también en un "caserío de pocos ranchos". Sacrificio, sencillez y esperanza, y mirada serena ante el futuro.
Nos unimos a la palabra de Dios, recién proclamada en la primera lectura, donde el profeta Jeremías -que junto al pueblo pasaba por momentos duros y difíciles, y expuso la propia vida, con un final de fracaso y angustiante- fue invitado por Dios a gritar jubiloso, a aclamar con el resto de las naciones, a hacerse oír, porque Dios no abandona a su pueblo. La salvación llega para quienes no pierden la confianza y caminan como un "resto" pero unidos, porque la vocación de Dios es convocar a su pueblo desde los extremos de la Tierra. Y -proclamaba el texto bíblico- son los que habían partido llorando, pero Dios los llena ahora de consuelo, conduciéndolos a aguas tranquilas por un camino llano donde no tropezaran, porque Dios es Padre y su pueblo, su primogénito.
Es decir que Dios se acerca a su pueblo para cambiar la suerte. Por eso no hay que dejar de soñar y de esperar siempre en la vida, como el arcángel Rafael ayudó a recuperar la salud de Tobías. Recuperar la alegría, luego de estos tiempos difíciles del Covid, así como dificultades económicas y sociales en el país y en medio de guerras en el mundo. Decía el Salmo que "Dios hace grandes cosas", es de ahí que renace la alegría, cuando ponemos lo mejor de nosotros mismos confiando en la ayuda de Dios, "porque los que siembran entre lágrimas cosecharán  entre canciones".
Cuando la segunda lectura nos habla de un "templo y de los sacerdotes" al servicio de Dios y de los hombres, nos lleva a pensar en la interrelación de la vida con las motivaciones más profundas del alma humana que se abre a lo trascendente. Por eso la venida de Cristo como "sumo sacerdote" a esta Tierra fue para intervenir en favor de los hombres, ya que tomó sobre sí nuestros dolores y pecados, asumiendo la fatiga, el esfuerzo y el trabajo que es la vida, de cada mujer y hombre, en el campo y en la ciudad, llevando adelante una familia donde los hijos son cuidados y amados, y desde los distintos oficios y múltiples trabajos que debieran posibilitar una casa, un techo digno, así como el acercar con dignidad el pan ganado con el esfuerzo, en esta tierra bendita del pan, para que todos puedan tener educación y salud.
Sabemos que el egoísmo encierra, posibilitando toda clase de "maldades y pecados"; es lo que motivó al mismo hijo de Dios a dar su vida en la cruz por nuestros pecados, salvándonos con su vida nueva, traída en la resurrección.
El pueblo que se vuelve a encontrar en esta solemnidad de la dedicación de este templo del "Arcángel Rafael", en el día de Rafaela, es un signo viviente para reconocer -aún como pueblo sacerdotal- la vulnerabilidad de sus pecados, pero confiado en que el sumo y eterno sacerdote Jesucristo ha tomado sobre sí los dolores y pecados de toda la humanidad, para empezar cada día algo totalmente nuevo y pascual, que llena de fe, esperanza y caridad la fiesta del aniversario.
Hoy nosotros también, como el "mendigo ciego del evangelio", estamos sentados junto al camino de la vida; sabemos que Jesús no deja de pasar en medio de nosotros, por eso no  temamos de gritarle una vez más: "Jesús, hijo de David, ten piedad  de mí", porque como dice la oración por la patria, muchas veces nos sentimos heridos y agobiados, sin fuerzas y cansados, muchas veces desorientados y sin ganas de continuar, y algunos como en el  evangelio, queriendo hacer callar tanto dolor y tristeza, pero cuando el que pasa es Jesús, que no discrimina ni excluye a nadie, él se detiene. El mundo parece no andar cuando se deja de lado a Dios; por eso como en el evangelio, también hay muchos que ayudan y dan una mano y no dejan de animar y caminar junto al que sufre.
Hermanos, en la fiesta de Rafaela demos como ciudad un salto cualitativo, como el del ciego que fue hacia Jesús, hacia lo trascendente.
También a nosotros nos ayude Jesús, para ante tanta oscuridad poder ver y vivir no sólo con  dignidad de ser humano, sino también le rogamos no perder la fe, para caminar juntos como hermanos, escucharnos con respeto, abriéndonos a ese mundo nuevo de la fraternidad, de la convivencia con una participación donde todos tengan posibilidad de amar y sentirse amados.
Se lo pedimos a la Virgen de Guadalupe y a San Rafael Arcángel. Amén.

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