Perdimos el control de la mente

Opinión - Enfoques 07 de noviembre de 2021 Por Redacción
Lorenzetti
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Por Ricardo Lorenzetti*. La letra de la canción Inconsciente colectivo, de Charly García, contrapone la libertad con el “transformador que se consume lo mejor que tenés”. Lo que “consume lo mejor que tenés” es un mecanismo que hoy asume formas impensadas, que pone en riesgo la capacidad del ser humano de decidir libremente.

Existen grandes temas que se discuten en nuestros tiempos que, por ser extremadamente complejos, no se conocen pero tienen una relevancia cotidiana y merecen que se difundan entre los ciudadanos. Comenzaremos por un aspecto práctico.

El cerebro actúa por sí solo. Hay mucha información que le llega durante el día y la noche (páginas web, celular, Facebook, Instagram, etc.), y comienza a actuar automáticamente. A veces nos concentramos en algo pero, cuando dejamos de hacer el esfuerzo, la mente sigue por su cuenta. Por eso masticamos sin advertir lo que realmente estamos llevando a nuestro cuerpo y comemos demasiado, vamos a distintos lugares apresurados y a veces ni nos acordamos dónde estuvimos. La gente está en un lugar e inmediatamente mira el celular, activando el cerebro en forma permanente.

El exceso es más fácil de percibir con el cuerpo: si comiéramos sin parar todo el día, nos sentiríamos pesados y comenzaríamos una dieta, pero no hacemos lo mismo con la pesadez de la mente; seguimos consumiendo. Miramos sin ver, actuamos sin sentir, y la mayoría de los actos son compulsivos, no conscientes.

El cerebro funciona automáticamente, va de un tema a otro de manera continua; es como los gorriones, que saltan de una rama a otra sin detenerse. El resultado es que vivimos cansados. Descubrimos que perdemos interés en las cosas o que estamos estresados o deprimidos. En ese momento decidimos que estamos agotados y tomamos pastillas o cerveza sin parar para aturdirnos.

Cuerpo y mente se encuentran integrados y actúan mediante asociaciones de pensamientos, sentimientos, sensaciones corporales y comportamientos, todo lo cual es muy útil para la vida cotidiana. El problema surge cuando comenzamos a encerrarnos en estos bucles asociativos, lo que nos limita, enferma o desestabiliza. (…)

El estado de ánimo también genera asociaciones. Es decir que, cuando estamos deprimidos, vemos las cosas mal, aunque estén bien o no tengan importancia real. Cuando nos duele algo (la espalda, el pie o el estómago), vemos todo negativamente. Estamos caminando por la calle, quisimos saludar a alguien y siguió de largo porque no nos vio. Entonces pensamos: ¿hice algo mal?, ¿qué dije para molestarlo? Y comenzamos a pensar abstraídos de manera autónoma, sin darnos cuenta.

La mente también examina alternativas de lo que puede suceder, lo cual es muy útil pero, si nos encerramos en eso, lleva al agotamiento. Por ejemplo, si una persona tiene que tomar un vuelo, comienza a pensar: ¿saldrá o no saldrá?, ¿qué pasa si llueve o si se demora?, y mil supuestos más, hasta que llega agotado a abordar sin que nada de ello haya sucedido. Eso acontece en numerosas situaciones: ¿qué pasa si…? También funciona hacia el pasado: si no hubiera hecho esto, si hubiera tomado esa decisión en la vida. 

Estamos acostumbrados a representarnos películas de terror en la mente, lo que activa los mecanismos de defensa y los miedos. Sería totalmente distinto si pudiéramos pensar en películas de comedia con final feliz, porque los miedos bajarían de intensidad. El problema es que no tenemos control sobre el funcionamiento del cerebro, excepto que aprendamos a meditar. 

Esto plantea un problema: si la mente funciona automáticamente, ¿quién soy yo? Si yo digo “quiero dormir” y la mente sigue pensando, ¿por qué no la domino? ¿Es algo ajeno?

En la filosofía, este tema comenzó a ser estudiado hace dos mil quinientos años, principalmente en el rico debate que hubo entre los sabios que habitaron en la cuenca del río Ganges, en India, y es donde nace la técnica de control mental mediante la meditación. En las neurociencias de los últimos años se comenzó a entender que hay muchas decisiones que son consecuencia de la interacción de neuronas, como si fuera un programa de computación. En el derecho, en cambio, todo eso se ha dejado de lado, porque discutir este elemento pondría en riesgo la responsabilidad penal o civil, o los contratos, ya que, en todos los casos, se parte del presupuesto de que una persona que adopta decisiones lo hace de una forma consciente.

¿Qué relación tiene esto con el ambiente? El gran desafío del futuro será proteger a las personas para que no pierdan su autonomía mental, porque las nuevas tecnologías tienen un potencial extraordinario en este aspecto. En el mismo momento en que los individuos sean controlados por el flujo de información, pensarán de acuerdo a los datos que se les suministren. En ese caso, habrá posibilidad de hacer llegar dudas sobre la existencia del cambio climático, o bloquear el acceso a lo que sucede en cuanto a la extinción de especies, o sembrar la indiferencia acerca de la protección del ambiente.

Debemos mantener la noción de privacidad, autonomía y responsabilidad del individuo por las decisiones que adopta.

Veamos lo descripto anteriormente, con relación a lo que sucede con aquellos que tendrán responsabilidades de gobierno en el futuro. Niños que hablan solos mientras juegan frente al televisor, adolescentes que caminan con los auriculares puestos, chiquitos de pocos años que se alimentan mirando una pantalla y, en todas las edades, el celular presente día y noche.

Están aisladamente conectados, con muchos vínculos en las redes, pero con grandes dificultades para interactuar con alguien.

*Autor de El colapso ambiental, Editorial Sudamericana (fragmento).

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