Lula, el líder que le ganó a la época

La removilización del PT y un “ejército digital” que utilizó las mismas herramientas que su rival le permitieron a Lula dar vuelta los resultados y obtener un triunfo histórico. El viento sigue soplando en contra, dice José Natanson en este adelanto de su próximo editorial, pero el resultado demuestra que un líder fuera de serie es capaz de imponerse a los límites de la época.
Ideas / Opinión26 de octubre de 2026 José Natanson

El Partido de los Trabajadores nació a comienzos de los años 80 como heredero natural de las famosas huelgas contra la dictadura de 1979 y 1980, gigantescos paros protagonizados por el “nuevo sindicalismo” que había emergido en representación de los trabajadores creados por el proceso de modernización excluyente iniciado por Getulio Vargas y consolidado por el régimen militar durante los años del “milagro”. A esta base fundamental de obreros industriales se sumaron otros núcleos militantes, desde intelectuales de las universidades y el Movimiento Sin Tierra hasta las comunidades cristianas de base que germinaron en el marco de la Teología de la Liberación, que alcanzó en Brasil su mayor predicamento global. Por eso el PT tuvo, desde sus mismísimos inicios, un fuerte componente de movilización militante.

El triunfo de Lula en octubre de 2022, después de tres derrotas electorales consecutivas, fue experimentado como el punto de llegada de un proceso, como el final de una larga marcha, del mismo modo que, poco después, otras fuerzas de izquierda que venían de trayectorias ascendentes de construcción política vivían coyunturas parecidas, sobre todo el MAS boliviano y el Frente Amplio uruguayo (pero no Néstor Kirchner ni Hugo Chávez, que llegaron de manera más rápida y sorpresiva).

Sin embargo, una vez instalado en el poder, el PT se fue deslizando casi sin darse cuenta a una fase de desmovilización. En parte por motivos lógicos: miles de los dirigentes políticos, líderes sindicales y activistas dejaron la organización popular para ocupar cargos en la administración pública federal, las gobernaciones y municipios y -los lugares más deseados- las empresas del Estado. Al mismo tiempo, organizaciones rebeldes como la Unión Nacional de los Estudiantes (UNE) o la misma CUT, la central obrera combativa fundada por Lula, fueron incorporadas orgánicamente al gobierno, con sus lideres pasando de las calles a los pasillos de Brasilia (otras organizaciones, como el MST, se reservaron una mayor autonomía).

Así, el PT perdió su aura anti-sistema para terminar de integrase plenamente a la institucionalidad política brasilera, con la consiguiente burocratización de su dirigencia y el adormecimiento que a menudo produce el cambio de la calle por la tibieza confortable de las oficinas y los despachos: si la alianza con el Centrão y la elección de Michel Temer como vice de Dilma Rousseff fue la manifestación electoral de esta nueva realidad, el Mensalão, el escándalo de corrupción develado durante el primer gobierno de Lula, demostró que estos procesos también traen sus costos.

El marco de esta transformación partidaria fue la decisión de Lula de mantener el orden macroeconómico heredado de Fernando Henrique Cardoso, clave de su éxito de gestión, bajo un gobierno que priorizaba la “conciliación de clases” por sobre los choques frontales con el capital, mientras desplegaba una serie de política sociales que cambiaron para siempre la fisonomía de Brasil. El resultado fue lo que el politólogo André Singer, al que nunca nos cansaremos de citar, definió como el paso del “petismo” al “lulismo”: los trabajadores organizados y las clases medias de los estados del sur y del centro, que habían impulsado originalmente al PT, se alejaban espantados por la corrupción y comenzaban a masticar el hueso duro de lo que luego se convertiría en una “revancha de clases”, mientras eran reemplazados por los sectores empobrecidos del Nordeste, que hasta al momento habían votado a fuerzas conservadoras como la que lideraba la dinastía Sarney en Maranhão, herencia del histórico coronelismo brasilero, y que ahora comenzaban a inclinarse por el PT. La reelección de Lula en 2006, las dos victorias de Dilma y los últimos dos triunfos de Lula se produjeron bajo esta nueva configuración política; fueron, en todos los casos, victorias lulistas.

La adhesión del nuevo electorado nordestino puede leerse como el apoyo espontáneo -una incorporación política vía consumo- de enormes masas de trabajadores informales excluidos que por primera vez accedían a elementos básicos de bienestar -luz, un médico cerca, una plaza en la universidad, comida en la mesa- y que manifestaban un reconocimiento personal al líder que lo había hecho posible. Pero las caras de la luna son dos: el efecto de este proceso fue la desmovilización de la base militante petista y la pasivización de sus organizaciones (no sé cómo se podría haber hecho de otra forma: Chávez lo intentó, a su folklórica manera, con las comunas, pensadas como la semilla de una transformación del Estado hacia un sistema pos capitalista, y el resultado fue un fracaso en toda la línea).

En todo caso, las consecuencias de la desmovilización se harían visible pocos años después, cuando Dilma fue sometida a juicio sin crimen de responsabilidad y cuando Lula comenzó a ser juzgado por el Lava Jato, una causa de corrupción floja de papeles; en ambas oportunidades, la rearticulación de la derecha pudo avanzar saltándose procedimientos institucionales y normas legales ante la ostensible indiferencia de la sociedad brasilera. Dilma terminó expulsada del poder y Lula encarcelado, sin que volara una mosca.

Movilización y redes

A veces hay que perder para terminar ganando. La derrota de Lula contra Flávio Bolsonaro en la primera vuelta, más espectacular por lo que tuvo de contundente e inesperada, encendió una llama que parecía apagada. En las semanas siguientes se produjo un gigantesco proceso de removilización de la base petista, que hasta el momento había permanecido adormilada y que protagonizaría una serie de actos y marchas multitudinarias en diferentes ciudades de Brasil, incluyendo la movilización del 11 de octubre que cubrió quince cuadras de la Avenida Paulista. Con un fuerte componente juvenil y un notable protagonismo de las mujeres, esta activación militante silenció las internas que hasta el momento había entorpecido la campaña, galvanizó al electorado anti-bolsonarista y le devolvió sangre y esperanza al líder.

En paralelo, André Janones, un joven diputado que asumió el liderazgo de la campaña digital para la segunda vuelta, lanzó una estrategia nueva de ofensiva en las redes, que resultó tan decisiva como la movilización callejera (si aún no lo hizo, el equipo de Axel Kicillof debería estar mandándole un WhatsApp a Janones en este instante). Designado por Lula como nuevo estratega digital, Janones descartó el enfoque tradicional, que buscaba desmentir mediante información verificada las fake news y sospechas que propagaba el bolsonarismo, como si una campaña pudiera ser una extensión de Chequeado, para montar una máquina de guerra virtual que priorizó la velocidad, la emoción y la provocación constante, lo que le permitió trascender la burbuja progresista para conectar de forma genuina con las clases populares: su presencia en el palco, al lado de la muer de Lula y su vice, fue la expresión escenográfica de este encuentro entre siglo XX y siglo XXI.

Designado por Lula como nuevo estratega digital, Janones montó una máquina de guerra virtual que priorizó la velocidad, la emoción y la provocación constante.

La táctica de guerrilla digital de Janones logró sacar a Lula de la posición defensiva y, siguiendo el apotegma de Steve Bannon, “inundar la zona de mierda”, recurrió a las mismas armas que su rival: contenidos hiperbólicos, preguntas intencionadas, insinuaciones, datos descontextualizados o directamente noticias falsas, como la difusión de la foto de una mujer ucraniana embarazada víctima de los bombardeos rusos en Mariúpol a la que las redes de PT asociaron falsamente con una supuesta organización internacional de prostitución y explotación de refugiadas financiada por un ex banquero  para “encuentros privados” con el entorno de Bolsonaro (1); o el rumor de que Flávio tenía un plan oculto para quitarle a Nuestra Señora de Aparecida -una virgen negra, un poco Virgen de Luján y un poco Gauchito Gil, de enorme popularidad en los sectores populares brasileros- su estatus oficial como la santa patrona de Brasil, versión construida maliciosamente a partir de un antiguo proyecto de ley presentado por un diputado sin relación directa con Bolsonaro.

¿Será este el camino posible de la izquierda? No adoptar el programa de su adversario sino sus tácticas, aún al costo de renuncias éticas innegables. Porque lo que hizo Lula entre la primera y la segunda vuelta no fue girar al centro ni apelar a la moderación: la designación de Geraldo Alkim como vice y el “silencio oportunista” en cuestiones sensibles para el electorado conservador, como el aborto y los derechos de las mujeres, venían de antes. Ese trabajo ya estaba hecho, por lo que quedaba apostar a la reactivación de su base tradicional, la reconquista de quienes que no lo habían apoyado en la primera vuelta pero temían el regreso de Bolsonaro (un efectivo voto miedo) y la perspectiva de que era posible seguir concretando reformas tendientes a mejorar la vida de las mayorías, como la ley del 5 x 1, que limitó la jornada laboral a cinco días por semana y que fue aprobada por el Congreso antes del ballotage.

Concluyamos.

El resultado de una elección no anula las tenencias que la subyacen. Es cierto que la sociedad brasilera fue mutando hacia posiciones más conservadoras, producto de una serie de fenómenos que van del aumento del poder evangélico a la expansión del agronegocio, de la creciente preocupación por la inseguridad a la reacción tradicionalista de los hombres frente a los avances del feminismo. Las victorias de los candidatos de derecha en el Congreso, las gobernaciones y los municipios, que seguramente harán muy difícil este segundo mandato de Lula, confirman que la mutación cultural no es un invento de sociólogos afiebrados sino algo muy real, que sigue ahí. Pero también es verdad que la derecha radicalizada no ha logrado construir en América Latina una hegemonía política como la que consiguieron el neoliberalismo en los 90 y la izquierda en los 2000, y que consigue victorias ajustadas -o sufre derrotas por la mínima- en campos políticos astillados, fluctuantes, donde reinan las minorías intensas. Los resultados de ayer demuestran que la movilización social, una buena campaña digital y la energía arrolladora de un líder fuera de serie pueden imponerse por sobre los condicionamientos estructurales de un determinado tiempo histórico. Lula derroto a Bolsonaro, pero sobre todo le ganó a su época.

1. https://www.gazetadopovo.com.br/eleicoes/2026/fake-news-de-janones-ligando-flavio-a-exploracao-de-ucranianas-gera-atrito-internacional/

© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

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