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Federer como experiencia religiosa

Durante la Laver Cup, entre el 23 y el 25 de septiembre, el más grande tenista de todos los tiempos jugará su último partido. Entre tanto material con que cuento para definir su trayectoria elijo frases y definiciones poéticas, porque son tan artísticamente bellas como su juego.

Deportes - La Otra Mirada 19 de septiembre de 2022 Redacción web Redacción web
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Por Oscar Martínez. Mientras escribo esta columna, en la medianoche del viernes, veo la repetición de la final del Abierto de Australia de 2018. Es durante uno de los tantos programas que repasan en estos días la vida personal y deportiva de Roger Federer. De un lado está el simpático Marin Cilic, que nació en Medjugorje, Bosnia-Herzegovina, pero representa a Croacia. Del otro lado de la red está Roger, a los 36 años, nacido en Basilea, Suiza, el mismo país donde vive aunque ahora se ha mudado a Wollerau con su esposa de siempre, Mirka Vavrinec, y sus cuatro hijos, dos pares de gemelos. Todo en su vida -la deportiva y familiar- parece ser aburrido de tan perfecto. Detallar aquí sus logros no tiene sentido, puede usted encontrarlo en cientos de sitios. Tras la victoria ante Cilic en esa final, en lo que fue su vigésimo y último título de Grand Slam, Ilie Nastase -aquel genial tenista rumano de los años setenta- dijo que sería injusto asegurar que Federer es el mejor de la historia. Fue tal vez la única voz que disiente con la opinión de la mayoría. El mundo del tenis siempre aseguró que Nastase está un poco loco. Y tienen razón.
Voy viendo el televisor sobre el teclado de mi computadora. Final del peloteo y comienzo de un partido que quedó en la historia. La gente que está presente en el Rod Laver Arena muestra que quiere ser parte de ella, y por eso el suizo es el preferido de la mayoría. Lo buscan las cámaras, la gente aplaude cada uno de sus golpes, y el apenas si aprieta el puño tras una definición estupenda. Como dije, aburre hablar de sus logros, describir su palmarés. Lo que no aburre es su juego, en todo caso, su maestría abruma, aún a la distancia. Trasladando una frase futbolera de Menotti, se podría asegurar que el esfuerzo de Cilic emociona. Pero el talento de Roger sensibiliza. ¿Cómo es posible que un tenista haya podido jugar tan bien durante tantos años en un circuito que destruye físicos? ¿Y cómo es posible que haya ganado tanto con un juego que hace base en la belleza? Recuerdo aquel estudio de David Foster Wallace, un novelista estadounidense que falleció en 2008: "la belleza no es el objetivo de los deportes competitivos, pero la alta competencia es un escenario central de la belleza humana", escribió Wallace, quién aclaró que se refería a un "particular tipo de belleza que podría ser llamada belleza kinestésica. Que es la reconciliación del ser humano con el hecho de tener un cuerpo. Esa kinestesia alcanza su máxima expresión en el gran Roger Federer". El artículo que contiene el análisis, publicado en 2006 en The New York Times Magazine, lleva por título "Federer como experiencia religiosa".
Una de las explicaciones por las cuales Roger ha sido el tipo de tenista que fue es misteriosa y metafísica, y creo, es la que más se acerca a la verdad. Las otras son técnicas. La explicación metafísica es que Roger fue uno de esos raros casos de atletas, extraordinarios, que están exentos, por lo menos en parte, de ciertas leyes físicas. Una buena analogía aquí sería Michael Jordan, quien no sólo podía saltar inhumanamente alto sino que se sostenía allí arriba un momento más de lo que la gravedad permite. O Muhammad Ali, quien de verdad podía flotar sobre la lona y lanzar dos o tres golpes en el tiempo requerido para uno. Probablemente haya media docena de ejemplo más. Y Federer pertenece a ese grupo, ese tipo de atletas que uno podría llamar genio. O extraterrestre. Él nunca estaba apurado o fuera de balance. La llegada de la pelota se detenía, para él, una fracción de segundo más de lo que debería. Sus movimientos eran más livianos que atléticos. Y entonces golpeaba con maestría. Y belleza. 
Otro poeta vuelve a mi memoria y busco un párrafo suyo sobre el suizo, mientras este dibuja una volea magistral en la imagen televisiva. El italiano Alessandro Baricco es uno de los más relevantes escritores contemporáneos, autor de "Seda" y "La Esposa Joven". Según él, "la diferencia fundamental entre Federer y los demás tenistas del planeta no es la que resulta más evidente, es decir, el hecho de que, a la larga, sea él quien gane. Eso es un corolario, tal vez una coincidencia, a menudo una consecuencia lógica. La verdadera diferencia entre él y los demás, como todo el mundo sabe, es que los otros juegan al tenis, mientras que él hace algo que tiene más que ver con la respiración, o con el vuelo de las aves migratorias, o con la fuerza renovada del viento en la mañana. Algo escrito desde hace tiempo, ¿inevitable?, en el curso de las cosas. Algo natural. Por accidente, Federer tiene una raqueta en la mano, pero, al verlo jugar uno suele olvidarse de que eso es una raqueta y acaba por creer que es una especie de pinza que los humanos poseíamos en origen, y de la cual más tarde nos deshicimos porque salta a la vista que se consideró poco adecuada para la lucha por la supervivencia. Nos deshicimos todos excepto él, que, por razones oscuras (el carácter aislacionista de Suiza debe de tener que ver con ello), salió indemne de siglos de mutación genética. De manera que, si viendo a los demás jugadores el placer es registrar la habilidad increíble con la que consiguen librarse de la artificiosa situación de mierda a la que han sido condenados (una pelota, una raqueta, y todas esas líneas en el suelo), verlo a él es parecido a ver a un león moverse en su ambiente natural. Dormita, corre, salta. De paso despedaza una gacela. Ninguna sensación de esfuerzo, de cansancio, de artificialidad. Todo tiene que pasar y pasa. Punto. Una pieza de la creación. Federer despedaza tenistas, no gacelas, pero lo hace con la misma infinita naturalidad. En sus mejores momentos uno tiene algo así como una impresión fugaz de que sus pies, la raqueta, la bola y el punto en el cual esta toca el suelo son un único fenómeno natural, similar a un arco iris, previsto desde hace siglos, incluso obvio en su diseño y, en todo caso, inevitable. En esos momentos, jugar contra él debe de ser alucinante". 
En la nota del New York Times, Foster Wallace dice que "casi todo el mundo que ama el tenis y sigue el circuito masculino por televisión, ha vivido durante los últimos años eso que se puede denominar Momentos Federer. Se trata de una serie de ocasiones en las que estás viendo jugar al joven suizo y se te queda la boca abierta y se te abren los ojos como platos y empiezas a hacer ruidos que provocan que venga corriendo tu cónyuge de la otra habitación para ser si estás bien. Los Momentos Federer resultan más intensos si has jugado al tenis y entiendes que lo que él acaba de hacer, es humanamente imposible de realizar". 
Julio Lamas me dijo cierta vez que "te enamoras de un deportista o de un equipo del que no eras simpatizante simplemente porque un día te hizo feliz". He visto a Roger Federer en decenas de partidos, demasiado pocos en vivo, para mi desgracia, y coincido con Julio. Soy feliz ahora, por ejemplo, viendo su coronación en Australia 2018. Técnicamente era perfecto. Su inteligencia, su poder de anticipación, su visión de toda la cancha, su habilidad para interpretar y manipular a sus rivales, para mezclar efectos y velocidades, para desorientar y disfrazar, para usar previsión táctica y visión periférica, su calma, la magnificencia de sus golpes. Federer hacía posible que el poder, la velocidad y la potencia sean vulnerables, al menos en una cancha de tenis, a la belleza. La mejor definición de un enfrentamiento suyo ante Rafael Nadal, su genial rival de siempre, se la leí al propio Wallace. "Roger sigue silbando a Mozart en pleno concierto de Metallica". Busquen videos suyos. Los va a hacer felices.

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