El hombre que irritó a los militares, pactó con Perón y recibió al Che

Especiales - Contratapa 05 de abril de 2022 Por Redacción web
Fue el primer presidente constitucional tras la Revolución Libertadora de 1955. Las Fuerzas Armadas lo tuvieron siempre en la mira. Se negó a renunciar y terminaría preso en la Isla Martín García.
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ÚLTIMA  parte.

Frondizi estaba destituido, y aún así se negaba a dimitir. Al amanecer siguiente, el jefe constitucional, luego de una nueva reunión con las cúpulas militares, les daría la solución para escapar de ese pantano de la historia sin escándalos ni violencia. Según lo cuenta el investigador estadounidense Robert Potash en su celebrada investigación sobre el vínculo entre el Ejército y la política en el país: "Si ustedes me preguntaran a mí, al doctor Frondizi, y no al presidente de la República, qué debe hacerse, les aconsejo lo siguiente. Primero, debo ser detenido en una base militar; segundo, prefiero la Isla Martín García; tercero, el arresto debe hacerse a las 8 de la mañana con el cambio de guardia demorado quince minutos, de modo que las tropas que custodian al presidente no se sientan obligadas a combatir". Así se hizo.
Tras su alejamiento sin renuncia, el radical intransigente José María Guido, senador por Río Negro, presidente provisional del cuerpo, con el juramento formal ante la Corte Suprema, cumpliría la formalidad de la Ley de Acefalía, vista la vacancia de la vicepresidencia de la República. Y juraría como presidente, bajo celaduría militar extendida durante todo su mandato. Derrocado Frondizi, los jefes máximos de los cuarteles asumirían, por fin, como lo que eran: caudillos prepotentes de facciones armadas. Sólo los identificaba y agrupaba su odio al peronismo y el reciente rencor contra Frondizi, el presidente al que no pudieron manejar a su antojo. Así fue como durante el mandato irregular de Guido estallarían en las calles porteñas los enfrentamientos armados entre dos bandos del Ejército, Azules y Colorados, los primeros más cercanos a una formalidad democrática siempre que ésta no incluyera al jefe justicialista en el exilio. La vieja urdimbre, tantas veces soñada por sus opositores más recalcitrantes, de un peronismo sin Perón.
Lo cierto fue que el 29 de marzo de 1962 un golpe con apariencia de legalidad se había concretado en la Argentina, el cuarto en el siglo XX. Luego llegarían los de 1966 y 1976. Frondizi seguiría la ruta de Hipólito Yrigoyen y Juan Domingo Perón, caudillos potentes de los dos grandes partidos nacionales, ambos presos en Martín García. En 1963, el radical Arturo Illia, quien en los anulados comicios de 1962 había ganado la gobernación de Córdoba, llegaba a la Presidencia de la Nación. Partía de una ficción constitucional, la de haber vencido sin elecciones libres: Perón seguía proscripto y exiliado en Madrid y Frondizi permanecía preso en el hotel Tunquelén, vecino a Bariloche, tras su paso por la isla Martín García. Los dos lejos de las urnas, por si acaso.

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