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La atípica historia del músico argentino que «popularizó» a Beethoven y Mozart

Cultura 24 de noviembre de 2021 Redacción Redacción
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En un hecho casi insólito en un momento de apogeo de la industria discográfica, al finalizar 1971, en buena parte de los países con mayor tradición cultural de Europa uno de los diez temas más exitosos del año era una versión de la famosa Sinfonía 40, de Wolfgang Amadeus Mozart, dirigida por un músico argentino radicado en España.
Una década después de haberse instalado en Europa, el pianista, compositor, director y arreglador Waldo de los Ríos, convertido en una estrella pop, podía reírse en la cara de todos los que lo habían considerado casi un anormal por sus años de prédica respecto a que era posible concretar versiones aggiornadas de los éxitos de la llamada «música culta», para impactar en los oídos del público neófito.
Para sus detractores, que agregase batería, bajo y guitarras eléctricas a sus orquestaciones, que no tuviera problemas en acompañar a cantantes melódicos hiper comerciales, e incluso su personalidad altisonante resultaban intolerables, pero a esa altura ya estaba acostumbrado, porque se había ido de la Argentina acorralado por los comentarios hirientes o la simple ignorancia de su aporte.
«Creo que adapté la música clásica a la mentalidad del hombre de hoy», dijo en una entrevista en España el hombre cuya historia se enseña hoy en escuelas de música de medio planeta, aun con controversias, pero parece olvidado por la cultura popular. «No hice otra cosa. El resultado ha sido, como se sabe, un gran éxito. No pretendo realizar una obra cultural sino ofrecer un mensaje sano, simple».
El procedimiento del hijo talentoso de la gran cantante folklórica argentina Martha de los Ríos, cuyo nombre real fue Oswaldo Nicolás Ferraro, era sencillo: tomaba como canciones pop los pasajes más conocidos de obras «clásicas» de Mozart, Beethoven, Bach, Debussy, Brahms, Ravel, Dvorak, entre otros, y conseguía con cuidadas grabaciones con grandes orquestas sinfónicas versiones «blandas», con cifras de ventas descomunales.
«Todos los artistas trabajamos por diversión», respondió a una revista argentina en 1974, cuando le preguntaron cuál era su motivación. «Si de compromisos se trata, mi único compromiso es con la alegría del ser humano. De política no sé absolutamente nada, soy un bestia en la materia. Por eso no hablo de política. Es como si se le pidiera a un político que hablara de música».
Por la versión grabada en 1969 del popular «Himno a la Alegría», del cuarto movimiento de la Novena Sinfonía de Beethoven, cantada por el rockero granadino Miguel Ríos, el músico argentino recibió cinco millones de dólares (hoy serían unos 35 millones de dólares) en concepto de ganancias por las ventas mundiales, en el comienzo de una saga de éxitos e ingresos descomunales, a los que puso fin con su suicidio, en 1977.
«Detrás del milagro estaba un compositor inseguro, de sexualidad no asumida, poco dado a hacer amigos, ciclotímico en todo incluido su aspecto físico –engordaba y adelgazaba por temporadas–, tierno a veces y tirano no pocas, que fue amigo de Federico Fellini y Michel Légrand y puso la banda sonora de las películas de Ibáñez Serrador», escribió hace dos años en El Diario Vasco el periodista español César Coca.
«Que llegó a tenerlo todo y un día, tras haberse aturdido con varios fármacos, se pegó un tiro en su casa de Madrid con una escopeta que había comprado porque le daba miedo el incremento de la delincuencia», destacó, comentando un libro de su colega Miguel Fernández. «La Policía encontró junto al cuerpo un casete en que había grabado una conversación con su madre. Parece que la estaba escuchando cuando se quitó la vida».
Las adaptaciones que Waldo concretaba, en el estilo de lo que la industria llamaba por entonces «música ligera», facilitaba que los hits clásicos se pasaran por radio o fueran adoptados como cortinas por los programas de televisión, con lo que llegaban a un universo de oyentes sin relación alguna con aquellos que conocen las obras completas o van a las salas de conciertos.
Casado con la talentosa actriz y periodista uruguaya Isabel Pisano, que luego fue pareja del líder nacionalista palestino Yasir Arafat, en Madrid el artista parecía vivir una doble existencia: de día era un millonario que salía en las revistas de la farándula posando en su mansión con sus autos importados, que coleccionaba, por las noches buscaba compañía de varones discretos en lugares de tercera categoría.
«En la recta final de su vida, preocupado por la vejez y por los cambios de gustos en la música y en la industria discográfica, descubrió un amor imposible, un amor homosexual en el contexto del franquismo y con una diferencia de edad tremenda», con un muchacho al que «Waldo amaba, pero no encontraba reciprocidad», destaca Fernández, autor de la biografía «Desafiando el olvido».
De los Ríos no estaba acorazado, como podía suponerse, ante las críticas que le llovían desde el mundo de los amantes de la «música clásica»: rechazó por miedo a ser lapidado una oferta del cineasta Stanley Kubrick para hacerse cargo en exclusiva de la banda sonora de «La naranja mecánica», sugiriéndole, apunta el biógrafo, «un tratamiento un tanto arriesgado de la música de Beethoven».
El eclecticismo era su verdadero reino, tal vez: habiendo estudiado composición y arreglos en el Conservatorio Nacional de Buenos Aires con maestros de la talla de Alberto Ginastera, en España no tuvo problemas para satisfacer las necesidades de un mercado que le pedía que arreglase los temas de Raphael, Karina, Paloma San Basilio, Los Payos, Jeanette y Los Pekenikes, entre otros.
Como conocía al dedillo el mundo del folklore, heredado de un padre guitarrista con el que no tuvo trato y la vocación de su madre, también trabajó con Atahualpa Yupanqui, pero por sobre todo para los discos que hicieron en España sus compatriotas Alberto Cortez y Facundo Cabral, que lo conocían desde su temprana experiencia en el grupo Los Waldos, que fusionaba los ritmos nativos con la electricidad, para desconcierto de media industria musical argentina.
Pese a su temprana y trágica partida de ese mundo, a los 42 años, en 1977, la obra discográfica de Waldo es extensa y su legado innegable, con más de dos docenas de discos entre Argentina y España, y una serie importante de bandas sonoras para series de televisión y películas, entre ellas «Alias Gardelito», de Lautaro Murúa, «Pampa salvaje», de Hugo Fregonese y «Boquitas pintadas», de Leopoldo Torre Nilsson. Carlos Polimeni.
 

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