
El precio de la pasión y el misterio de Patricio Rey: Un viaje a la mente del Indio Solari en 1984
Cultura y Sociedad28 de junio de 2026
Marcelo Algarbe CalamanteEn 1984, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota aún no habían editado su primer disco, pero ya se erigían como una de las bandas más legendarias y singulares del circuito subterráneo argentino. En una entrevista íntima e inusual realizada en la casa del periodista Tom Lupo para el icónico programa radial Submarino Amarillo, el Indio Solari desglosó la filosofía de un grupo que desde sus inicios eligió forjar sus propias reglas. A través de cintas recuperadas, emerge la voz de un artista enfocado en proteger su tiempo, su independencia y su capacidad de conmoverse.
La Negra Poli y el verdadero "precio" de la banda Uno de los grandes misterios del rock nacional siempre fue cómo los Redondos lograron mantenerse al margen de las imposiciones comerciales. Para el Indio Solari, la respuesta tenía nombre y apellido: Poli. En un mercado musical donde las discográficas dictaban los términos, la banda entendía que su verdadero valor no residía en una cifra millonaria, sino en las condiciones necesarias para "estar cómodos, tener un placer y ser respetados".
Poli, la histórica manager de la banda, era la encargada de lidiar con las presiones del circuito. Solari confesó que la banda prefería ceder el trato comercial a Poli porque las tentaciones convencionales de éxito (dinero, fama, tapas de revistas) no les interesaban. Su rechazo a tranzar con productores convencionales nacía de una premisa simple: el tiempo es oro y negociar implicaba pasar horas valiosas con personas con las que jamás elegirían compartir la tarde. "Si yo puedo hacer buenas cosas con vos, cosas que me conmuevan, difícilmente haya un precio mayor, sobre todo si yo estoy en esta vida para ser conmovido", reflexionaba el cantante.
Patricio Rey: ¿Mito literario o mecenas mafioso? El reportaje arroja luz sobre la figura más enigmática del grupo: Patricio Rey. Lejos de admitir que se trataba de un mero invento literario o un mito aglutinador, el Indio Solari sostenía firmemente la existencia física de este personaje.
Solari describió la dinámica con Patricio Rey no como una secta, sino como un sistema de pupilaje similar al de la mafia. Patricio Rey era retratado como un hombre de mucho poder y dinero, un mecenas que podía estar cenando en Bélgica mientras la banda tocaba en Buenos Aires, y que ejercía su padrinazgo a la distancia. Las comunicaciones con él eran laberínticas e inescrutables, materializándose en ocasiones a través de mensajes crípticos, como un télex enviado por una editorial de Porto Alegre o una carta membretada de la Universidad de Cambridge. Curiosamente, la única actividad del grupo que este mecenas parecía avalar de manera explícita era el reparto de los míticos "redonditos de ricota" (buñuelos) entre el público durante los primeros recitales.
Estética, libertad y "faltas de ortografía" cerebrales Otro de los pilares de la nota es la amplitud cultural y visual del grupo. En sus primeros recitales, la experiencia trascendía lo musical. El "Negro" (hermano del guitarrista Skay) proyectaba mediometrajes y largometrajes en Súper 8 durante las presentaciones, filmaciones que capturaban desde historias expresionistas en ciudades subterráneas hasta crudos viajes en micro durante giras por Salta.
Además del cine, el escenario era un hervidero de estímulos que rompía con los clichés del rock contestatario de la época, incorporando bailarinas y actuaciones teatrales impactantes, como la de Monona, quien terminaba bailando completamente desnuda y pintada de dorado. Todo esto sucedía sin generar rechazo porque el grupo había construido un "ámbito de credibilidad" tan fuerte que cualquier elemento, por extraño que fuera, encajaba perfectamente en el universo ricotero.
El Indio abogaba por una visión pluralista del arte, afirmando que disfrutar de la majestuosidad operística de Wagner no invalidaba la emoción de ver a una banda transpirando y gritando en un sótano. Para Solari, negarse a apreciar distintas formas de belleza por prejuicios estéticos o ideológicos era el equivalente a tener "faltas de ortografía en el cerebro".
El refugio en el arte y el público Casi a modo de manifiesto, el Indio dejó en claro que su motivación nunca fue la de ser un mártir del arte ni vivir la vida desesperada de las grandes estrellas de rock. Su principal interés era encontrar placer en la convivencia con sus músicos y en la creación.
Para que esta maquinaria funcionara, el público jugaba un rol fundamental. Los seguidores de la banda funcionaban como cómplices de un pacto inquebrantable, apoyando las decisiones artísticas y manteniendo un código común que los blindaba del exterior. Como concluye el artista, el mayor premio en su viaje no era el reconocimiento de la industria, sino subirse al escenario sabiendo que estaba bien con su banda y que el público estaba a favor de su transgresión.



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