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Horacio Saldaño, el último ídolo del boxeo argentino que lloró sobre el ring la noche que noqueó a su mejor amigo

La Pantera tucumana no llegó a ser campeón, pero convocaba multitudes al Luna Park. Ofreció las peleas más conmovedoras de la historia por su estilo salvaje. Se retiró a los 36 y hoy disfruta de una jubilación como empleado del Congreso

Deportes Redacción web Redacción web
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El septuagenario de mirada buena camina alrededor del Parque Chacabuco con un paso ágil, dinámico; se diría, exento de molestias o dolores. De vez en cuando intenta un trotecito desaconsejado que le permite respirar profundo mientras regala amables saludos de buen vecino.

Muy pocos o nadie de aquellos que se lo cruzan saben que ese señor enhiesto, canoso, de cabello y barba cuidada, siempre con impecable ropa deportiva y gesto amable se llama Horacio Agustín Saldaño, le decían “La Pantera tucumana” y fue el último ídolo del boxeo argentino.

Ah, aquellas noches del Luna Park de los 60, los 70 y hasta un lustro de los años 80 cuando conseguir un ticket de última hora para ver a Saldaño valía oro y para tener un lugar en las popu había que ir dos horas antes. O sea, después de los manguerazos con los cuales se mojaban las tribunas para que nadie se pudiera sentar y así meter más gente.

Ah, aquellas bocas vibrantes del subte B y sus anchas escaleras cubiertas de lado a lado con gente codeándose, empujándose para llegar antes a la cola de las boleterías.

Ah, aquel elegante hormiguero que era la calle Bouchard donde lucían su elegancia europea mujeres y hombres con fragancia francesa, caminando con distinguido paso hasta alcanzar la puerta de acceso al glamoroso ring side.

Ah, aquellos sábados del Luna Park con sus estrellas inolvidables: Eduardo Lausse, el Negro Luis Federico Thompson, Andrés Selpa, Ringo Bonavena, Cirilo Gil, Jorge Fernández, Goyo Peralta, Horacio Accavallo… Y otros muchachitos más jóvenes que reclamaban ser estelaristas de los sábados como Nicolino Locche, Miguel Angel Castellini, Carlos Monzón, Miguel Angel Campanino, Sergio Víctor Palma, Gustavo Ballas, Víctor Emilio Galíndez, Uby Sacco…

–Tito, el pibe tucumano de quien le hablé sigue ganando por K.O, dicen que pega y mata, que es una fiera y que le gusta prenderse en la pelea corta, ¿lo traemos?, le preguntó Manolo Hermida, quien se encargaba del boxeo en el interior, a su jefe Tito Lectoure, dueño del Luna Park.

–¿Cuántas lleva ganadas en serie, me dijo…? –inquirió Lectoure como si realmente ignorara lo que ya era vox populi en el boxeo.

–Lleva 32, está invicto y de las últimas 12, ganó 10 por K.O.–

–Tráigalo Hermida, vamos a probarlo un miércoles; consígame un rival mañero, alguien que lo complique pero que no pegue.-

Saldaño subió al ring de un Luna con poca gente. La pelea la transmitía el Canal 13 con tres maestros que ya no quedan: Ricardo Arias, Ulises Barrera y Norberto Longo. La sonrisa angelical de dientes blancos y perfectos resaltaba sus pómulos cobrizos con redondez de manzana. Lucía una bata blanca y sus pantaloncitos eran azules con vivos rojos. Fue desde el camarín hasta el cuadrilátero con paso veloz y la mirada fija escondiendo cierta timidez. El ring del Luna, el Canal 13, los comentarios de Ulises, los gritos audibles de los plateístas que retumbaban… Mucho para un debutante de 20 años que al segundo día ya quería volver a su tierra, que extrañaba a su familia, que quería terminar rápido, tomar el tren “El tucumano” a la noche siguiente en Retiro, huir de la hostil Buenos Aires y reencontrarse rápido con el incomparable olor de su tierra.

Fue así que el 15 de Mayo de 1968, Saldaño puso nocaut con una combinación de gancho al hígado y cross de derecha a la mandíbula al brasileño Joao Merencio. Un mes más tarde noqueó Raul Roldán en 5 vueltas. Y produjo por única vez este pedido del recordado empresario cubano Goar Mestre -dueño de Canal 13- a Lectoure:

–Oye Tito, ese muchachito “La Pantera” Saldaño, necesito que me lo pongas dos veces por mes; ayer se nos fue el rating bien pa’ arriba, ¿me oíste? Nunca habíamos pasado los 22 puntos, ¿me oíste?; así que si hay pagar un royalty me avisas, pero quiero al muchacho en nuestra pantalla. Ha sido una sensación, la gente está loca con él…-

Ese año de 1968 fue inolvidable para el boxeo argentino: Ramón La Cruz -quien luego sería encarnizado rival y más tarde extraordinario amigo de Saldaño – se preparaba para pelear contra Curtis Cookes, Ringo Bonavena enfrentaría a Joe Frazier y Nicolino Locche conseguiría el Campeonato Mundial ante Paul Fujii en lo que resultó ser la joya más grande del boxeo argentino.

En ese contexto, el joven Saldaño de manos pequeñas, abdomen liso, brazos laxos, flequillito colegial, pantalones Oxford ajustados y anestésica pegada, se sumaba a las grandes estrellas de los sábados del Luna donde una multitud - 19.000 personas de promedio- sabían que con él estaba garantizado elespectáculo pues la pelea sería con ataque sostenido, habría permanentes cambios de golpes y el nocaut estaba invitado.

Lo notable es que todo le salía naturalmente pues él fue boxeador para satisfacer una aspiración de su padre. A Saldaño le gustaba jugar al fútbol a pesar de la oposición paterna. De hecho que lo hizo en la 6° de Argentino del Norte de Tucumán, pero su papá le puso como condición que si iba al gimnasio y aprendía a boxear le regalaría el equipo completo para jugar al fútbol con el balón y todo. Fue así como el primer día -tenía 13 años- no entendía que estaban haciendo unos hombres más grandes que él pegando golpes al aire (“sombra”) y otros saltando a una cuerda. Pero lo hizo con suficiencia y a los 6 meses ya peleaba para ganar un poco de dinero que se sumaba a su sueldo de cadete. Era de tal manera que podía seguir estudiando hasta completar la escuela.

El señor amable y cordial de estética conservada y paso armonioso que camina por el parque, tiene canas y arrugas de imborrables apoteosis. Fue un ídolo –el último ídolo- del boxeo argentino después de subir a un ring 88 veces en 18 años: desde 1965 hasta 1983. Peleó con rivales de tres generaciones. Lo hizo contra hombres mayores que él siendo joven y frente a jóvenes siendo veterano. Perdiendo o ganando siempre bajó del cuadrilátero aplaudido y al cabo de los 628 asaltos realizados sintió todas las sensaciones que pueda experimentar un pugilista: cansancio, temor, azar, incertidumbre, victoria, agobio, respaldo, vergüenza, plenitud, extenuación, dolor, llanto, gloria y agonía.

La mayoría de sus combates fueron electrizantes, conmocionantes, pero la que realizó ante el guapísimo marplatense Tito Yanni resulta hasta hoy la pelea más conmovedora de la historia de nuestro boxeo. Un párrafo que escribí para El Gráfico de entonces ayudará a entender lo que fue aquello:

“Sobre el ring las almas son más fuertes que los huesos. Debajo –en las tribunas y en las plateas– más de quince mil corazones excitados a punto de reventar. Las venas hinchadas de los relatores, los ojos de los comentaristas paralizados, los pulsadores de los fotógrafos desenfrenados. Las manos de la multitud temblorosas y un cigarrillo incesante, unánime. Alrededor de 26° de temperatura en la calle; cerca de 32° en el estadio, más de 35° sobre el cuadrilátero. Roberto Barrionuevo, promotor de boxeo de Mar del Plata, debió ser retirado del estadio con taquicardia al igual que otros seis espectadores del ring side y cuatro de las populares; Jorge Morales, el anunciador del ring, tapándose los ojos con la cabeza mirando al piso preguntando qué pasaba por no animarse a seguir viendo; el Flaco Menotti – asiduo concurrente- era una mueca con el ceño fruncido repitiendo “qué barbaridad” a cada instante; el relator de radio Rivadavia Osvaldo Cafarelli con un pañuelo en la mano izquierda presionando su frente y el micrófono en la derecha logrando, con esfuerzo, narrar golpe a golpe; María Cristina, la mujer de Saldaño, descompuesta; Omar Lovrinich, amigo de Yanni yéndose a la puerta de Bouchard por no poder soportar el shock. Y en medio de la hoguera, con otros casos escapados a nuestro registro, Saldaño y Yanni pegándose de campana a campana. Fueron 15′ de salvajes cambio de golpes; en el rostro y en el cuerpo, de ganchos y de cross, con la derecha y con la izquierda. Exponiéndose, sin reservas, a la pelea más brutal que jamás hayamos visto…

Tras aquella batalla que terminó antes de comenzar el 6° asalto por la decisión del médico Rubén Amoia, quien no permitió que Saldaño continuara peleando, muchas personas en estado de shock debieron ser trasladadas al hospital Argerich. Pensábamos entonces que si el Dr. Amoia hubiese ido primero a la otra esquina, tal vez le hubiera impedido continuar a Tito Yanni pues –como en el caso de Frazier y Alí en Manila- los dos estaban extenuados e inconscientes…

La revancha la ganó Saldaño nueve meses después entre otros memorables duelos. Eran famosas sus peleas contra Abel Cachazú, Ramón La Cruz, Mario Omar Guilloti y en el final frente al inolvidable Uby Sacco. Sin embargo su rival más ilustre fue el campeón mundial José Angel “Mantequilla” Nápoles contra quien perdió por nocaut en México - 3° asalto- una aciaga noche de 1974 en la cual Saldaño no estaba en condiciones de combatir pues su hombro derecho se hallaba gravemente lesionado. Monzón, quien fue a alentarlo al igual que Ringo Bonavena, venía noquear a Mantequilla en París y cuando Nápoles – fallecido el 16-8-2016- lo tiró a Horacio, el cubano miró a Lectoure en la esquina y a Monzón en la platea y les gritó: “Ahí tienen a su campeón, se los maté…”

Fue en el viaje de regreso que decepcionado, dolorido y sin entusiasmo, Saldaño había decidido dejar de boxear. Pero en un baile cuasi familiar se encontró con Maria Cristina, una chica a quien había conocido cuatro años antes cuando ella tenía 14 años. Horacio le propuso casamiento durante una cena en “El Palacio de la Papa Frita” de Lavalle y Maipú y los casó el padre Hugo, quien había jugado al fútbol con Horacio cuando eran adolescentes.

Después de casarse con María Cristina Vicente y gracias a ella Horacio Saldaño - quien llegó a pesar 100 kilos y estuvo dos años, sin pelear para curarse el hombro - logró reaparecer y pudo realizar 21 peleas más. Valiosa fue para ello la participación del doctor Roberto Paladino quien se ocupó del seguimiento hasta la recuperación. Sobrevinieron grandes noches del Luna donde Saldaño ratificó su condición de ídolo, sea cual fuere el resultado.

Las hijas de Maria Cristina y de Horacio fueron boxeadoras. Poldy tiene 43 años y vive actualmente en Málaga, España. Carolina, quien tiene 42 vive en Buenos Aires en la casa con sus padres y da clases virtuales a chicos con patologías especiales.

Por cierto que allá por el 1999 no les resultó fácil a las hermanas Saldaño llegar a ser boxeadoras y cumplir con su sueño de representar a la Argentina en los Mundiales de Scranton, Pensilvanya, USA en 2001 y de Turquía en el 2002. Para conseguir la licencia de boxeadoras debieron tocar todos los timbres, hasta los del INADI, por cuanto al igual que la Tigresa Acuña, fueron subestimadas y fuertemente discriminadas. Finalmente, lo consiguieron.

Lo maravilloso de esta historia es que Horacio puso a sus hijas bajo la dirección de un rival a quien admiró y que fue quien le quitó el invicto en la pelea número 64. Después, en la revancha, La Pantera lo noqueó quirúrgicamente con una derecha fulminante pasada, sin evitar que una lágrima furtiva descendiera por su mejilla. Ya en el el camarín se transformó en el llanto sentido que genera castigar al compañero admirado. Saldaño, a favor del afecto y del respeto por La Cruz les recomendó a sus hijas, 20 años después, que aprendieran a boxear y que se entrenaran con él. Por entonces Ramón tenía un gimnasio bien Rocky Balboa debajo del andén 14 de la estación Constitución. Y las Saldaño –pilares emocionantes de este hogar feliz- que venían de aprender danzas clásicas y españolas, se convirtieron en representantes mundialistas en las categorías Mosca y Gallo. Poldy regresó ocasionalmente al boxeo en España pues es ejecutiva de una empresa y Carolina, además de docente, es jurado de boxeo de la Federación.

Horacio Saldaño después de abandonar en 1983, logró un empleo en el Congreso de la Nación. Y ahora que es jubilado – tiene 73 años- transita la gloria pasada con humildad y orgullo. El ídolo no es el mejor, ni tampoco es invencible. El ídolo es quien llega al corazón de la gente que lo acepta y lo quiere tal cual es porque en alguna parte de su propio ser se ve representado. Tuvimos a lo largo de la historia 58 campeones mundiales -38 hombres y 20 mujeres- y muy pocos ídolos: Luis Angel Firpo, Justo Suárez, José María Gatica, Ringo Bonavena, Nicolino Locche y él.

El jubilado manso de la mirada buena que camina enhiesto a los 73 años por el Parque Chacabuco, lee el diario, ve las noticias en la tele; sólo se interesa por algunos combates de boxeo internacional, disfruta del hogar armonioso que supo formar, evita hablar de su glorioso pasado y de los estadios trepidantes que lo aclamaban. Se llama Horacio Agustín Saldaño y fue el último ídolo del boxeo argentino.

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