Diario de viaje

Deportes - La Otra Mirada 25 de noviembre de 2022 Por Redacción web
martínez

Por Oscar Martínez. La mañana del domingo trae un aire fresco que huele a primavera por el perfume de los tilos, y se ve violeta en los maravillosos jacarandás que en esta parte de Avenida del Libertador semejan un túnel de ensueño. O, en todo caso, nacido del sueño del maravilloso arquitecto-naturalista-paisajista Carlos Thays, que a fines de 1900 creó una Buenos Aires de colores naturales. Camino lento, disfrutando mi tiempo libre, hacia una cafetería. Recién al mediodía saldré hacia los bosques cercanos de Palermo para ver tenis en el maravilloso BALTC. A pesar de ser temprano, ya hay varias mesas ocupadas, y no todos son mayores desvelados como yo o jóvenes que regresan a casa tras una larga noche. Pero todos, o casi porque no entro en la generalidad, tienen algo en común.

Frente a mí, en una mesa redonda y de espaldas a la avenida, un joven que parece un yuppie neoyorkino le habla a la pantalla de su computadora, abierta al costado de un par de medias lunas. Tiene colocado un audífono blanco pequeño y el teléfono sobre el teclado. A un par de mesas, dos mujeres de mediana edad miran las pantallas de sus celulares en silencio, parecen abstraídas de la realidad, y ni siquiera cambian sus posturas encorvadas al tomar un sorbo de té, que es lo que tienen. Sobre la línea que da a la vereda una señora mayor le pide al mozo que le explique cómo mirar la carta escaneando la imagen que está delante suyo. Quisiera decirle que tiene una en papel de colores, a su derecha, pero no vale la pena. Una chica joven se levanta para darle un beso a quien es tal vez su novio, que acaba de llegar. Ambos se sientan y comienzan a hablar sin mirarse, o en todo caso haciéndolo solo por momentos antes de volver sus ojos a las pantallas. Como dije, no entro en esta generalidad. Mi teléfono quedó en la habitación del hotel. Disfruto demasiado de este tiempo como para dejarlo pasar. Soy un extraño en la jungla de pantallas.

El celular se ha convertido en un control remoto universal, que permite pasar de un lugar a otro, de un contacto al siguiente, con solo apretar una tecla. Es como si estuvieran todos en la piel de Michael Newman, o de Adam Sandler en realidad, cuando en la película "Click, perdiendo el control" encuentra un aparatito que no sólo cambia de canal sino que puede parar, acelerar y rebobinar la vida real. Recuerdo el relato del genial Umberto Eco, que en 2015 y bajo el título "El teléfono celular y la reina malvada", contaba el caso de una mujer que iba por la vereda con su rostro pegado al móvil, sin mirar a ningún lado, y que él, en vez de esquivarla, decidió interrumpir su camino. "Si yo no me hacía a un lado, chocaríamos. Como en secreto soy una persona malvada, me detuve de golpe y me di la vuelta. La dama chocó con mi espalda dejando caer su teléfono. Rápidamente, se dio cuenta de que se había topado con alguien que no podía verla y que ella debería haber sido quien se apartara. Balbuceó una excusa, mientras yo amablemente le decía que no se preocupara porque estas cosas pasan todo el tiempo en estos días", escribió el semiólogo. Al problema, si en realidad lo es, le pusieron por nombre "phubbing". Se trata de ignorar a una persona por prestar atención al teléfono celular. Es una combinación de las palabras en inglés "phone" (teléfono) y "snubbing" (hacer un desprecio). En español se dice "ningufoneo". Yo lo llamaría realidad cotidiana. 

Sonrío pensando qué haría toda esta gente si de golpe sus teléfonos se apagaran, si consiguieran ver la maravillosa mañana. Pero tal vez sus enojos sólo les permitirían quejarse y resoplar. Les recomendaría leer "El móvil de Hansel y Gretel", de Hernán Casciari, que analiza qué pasaría con los cuentos infantiles si hubiesen existido los celulares. En el final dice que "nuestras tramas están perdiendo el brillo -las escritas, las vividas, incluso las imaginadas- porque nos hemos convertido en héroes perezosos". Es tiempo de entrar porque empieza a llover.

Un enorme televisor muestra el final de la carrera de Fórmula 1 que cierra la temporada. Creo que solo yo lo miro. Cuando acaba, el mozo cambia y pone la señal que trae la inauguración del Mundial de Qatar. Sigo viendo, aunque en verdad nunca me apasionaron esos shows. Por un instante desvío la mirada hacia el ventanal que da a la calle. Aún llueve, aunque con menos intensidad. Un hombre de ropas ajadas, que alguna vez estuvieron a la moda, se pega a la pared de la esquina de enfrente. Solo quiere escapar del agua. Ya hay gente que pasa a su lado, pero no las molesta, no pide, no reclama, no asusta, aunque se ve claramente que no tiene nada. Es una cachetada de realidad que la ciudad pega demasiadas veces. Duele verlo. Y es raro hacerlo por esta zona.

Cuando se da cuenta de lo que muestra el televisor, cruza lentamente la calle, y se para frente al vidrio. Tiene ojos claros y gastados, la sal de la vida le oxidó la piel y decenas de arrugas le cruzan el rostro. De pronto comienza a girar su cuerpo con resignación cuando ve a un mozo salir hacia él. Se nota acostumbrado al rechazo. Yo también creo que lo sacará de allí. En esta zona de gustos refinados su figura no encaja, incomoda. Sin embargo, el hombre de mediana edad toma una silla, la ubica a su costado, bajo una sombrilla y lo invita sin hablar. Acepta asintiendo con la cabeza y vuelve a poner sus ojos bien abiertos en dirección a esa otra pantalla.

Ya es hora de irme. El mismo mozo me abre la puerta y sale tras de mí. Saludo y comienzo a caminar. Entonces el hombre saca un pequeño paquete con facturas y un café en vasito de cartón. Sonríe, lo coloca frente al visitante y vuelve a entrar como evitando que lo vean. Me voy. Pero algo es seguro: volveré siempre a este bar.
 

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