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La masacre de Múnich

El 5 de septiembre de 1972, ocho secuestradores palestinos irrumpieron en las habitaciones de la delegación israelí y tomaron rehenes. Todo lo que ocurrió después fue un verdadero fracaso que terminó con once atletas asesinados. Ya nada sería igual. El terrorismo había conseguido ensangrentar los Juegos Olímpicos, terminando con la tradición griega de frenar todas las guerras cada cuatro años para consagrar un pedazo de vida al deporte.

Deportes - La Otra Mirada 05 de septiembre de 2022 Redacción Web Redacción Web
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Por Oscar Martínez -  Cuando todo terminó, a la una y media de la mañana del 6 de septiembre, en las pistas de la base aérea de Fürstenfeldbruck, en Múnich, cuando ya era tarde para todo, once atletas israelíes yacían asesinados, cinco de los ocho secuestradores que los habían mantenido cautivos habían sido muertos por la policía alemana, que también había perdido a uno de sus hombres en un fracasado y desastroso operativo de rescate. Para entonces, el terrorismo internacional había logrado su gran victoria de la década: se había instalado en el living de casa, a la vuelta de la esquina, mezclado con la gente común.
En 1972 los Juegos Olímpicos regresaban a Alemania, ahora dividida, luego del festín nazi de Berlín en 1936. Comenzaron el 26 de agosto con una ceremonia cargada de tensión. El equipo de atletas israelíes estaba especialmente nervioso, muchos de sus integrantes eran familiares de víctimas del Holocausto. Sin embargo, nadie imaginaba que algo verdaderamente terrible estaba por ocurrir.    
El lunes 28 de agosto, Mark Spitz, avalado por las mejores marcas del momento, se lanzó a la piscina olímpica de Múnich. Había expectativa por saber qué haría aquel atleta con bigote que aceleraba el pulso de las mujeres. Cuatro años antes había llegado a México asegurando que ganaría seis medallas de oro y se marchó con la mitad de la mitad. Esa tarde la historia grande de la natación comenzaba reescribirse con letras de molde bajo el mandato del estadounidense.
La Alemania del milagro económico demostraba que se había recuperado de la espantosa derrota de 1945, y regresaba como un gigante respetado por el concierto de las naciones. Eran los tiempos del movimiento hippie y de la música pop. En Múnich, el lema más repetido no fue el tradicional “Citius, Altius, Fortius” del olimpismo, sino el “Prohibido prohibir”. Por eso, una cuadrilla de trabajadoras que salía de la Villa Olímpica al terminar su jornada, poco después de las cuatro de la madrugada del 5 de septiembre, no se alarmó cuando vio a un grupo de jóvenes saltando las vallas del recinto. No era nuevo. Cada madrugada observaban las siluetas furtivas de los atletas que regresaban a sus alojamientos después de haberse pasado la noche de juerga. Ése era el caso de un luchador del equipo israelí que hasta aquellas horas todavía no había vuelto a su habitación. Su entrenador, Moshe Weimberg, escuchó ruido en el descanso del apartamento que compartía con otras once personas, y se dirigió a la puerta con toda su bronca a cuestas. Al abrir, sorprendió a un grupo de hombres vestidos con chándal, lo que en aquel lugar hubiera sido normal, pero le alarmó que llevaran la cabeza tapada con una media en la que únicamente había aperturas para ojos y boca. Al instante comprendió la situación y cerró gritando: "¡Palestinos, palestinos terroristas!". Aquellos atletas, violentamente despertados, no pudieron oponer resistencia. Los enmascarados derribaron la puerta y controlaron la situación en pocos minutos. En la refriega murieron Weimberg y Romano, un levantador de pesas que, gravemente herido, falleció horas después. Eran las 4.40 am. Cuatro horas más tarde, los asaltantes comunicaron que pertenecían a Septiembre Negro.
Esta organización terrorista, cuya acción inicial fue el asesinato del primer ministro de Jordania, Wasfi Al Tall, en noviembre de 1971, exigía la liberación de 234 palestinos prisioneros en Israel, país que se negó a negociar con los secuestradores. Alemania, que pretendía que los Juegos continuaran sin mayor daño para su imagen, se avino a una conversación que encubría una emboscada. Cuando los terroristas y sus rehenes llegaron al aeropuerto del que teóricamente despegarían hacia Egipto, fueron interceptados por francotiradores. Allí murieron, al explotar una granada palestina, otros cuatro atletas y el total de víctimas llegó a once: Joseph Romano, Moshé Weinberg, David Berger, Ze'ev Friedman, Joseph Gottfreund, Eliezer Halfin, Andre Spitzer, Amitzur Shapira, Kehat Shorr, Mark Slavin y Yakov Springer. Tres de los secuestradores que sobrevivieron quedaron detenidos. 
Ese mismo día, la delegación de Israel se retiró de los Juegos Olímpicos seguida por varios atletas de otras naciones. No obstante, mientras el mundo se sacudía con las noticias de Múnich, luego de sólo 34 horas de interrupción, el circo olímpico continuó con la agenda prevista. Avery Brundage, presidente del COI, filántropo y coleccionista de arte, sostuvo que los terroristas no afectarían la realización de las competencias y, en la ceremonia en tributo a los muertos recientes a la que asistieron 80 mil personas y 3 mil atletas, elogió al movimiento olímpico pero no hizo mención a los asesinatos. El show continuó, efectivamente. Al igual que la tormenta sangrienta en que se había convertido el conflicto entre israelíes y árabes. Diez días después de los hechos de Múnich, comenzó a desplegarse la revancha. A diferencia de los duelos deportivos, este segundo turno fue apenas un eslabón de una matanza tremenda. La incapacidad para impartir justicia en el marco legal ocasionó una seguidilla de violencia y sangre, hasta la operación “Ira de Dios”, organizada por sectores gubernamentales israelitas para asesinar a los responsables del grupo Septiembre Negro.
La delegación argentina ocupaba el edificio vecino al de los israelíes en una villa olímpica que se parecía a una ciudad sitiada. Muchos de esos 92 atletas que representaban a nuestro país en la undécima participación oficial vivieron aterrados hasta el día del regreso. Solo una medalla se consiguió, fue de plata y la sumó un remero que era sensación en el mundo. Alberto Demiddi había nacido en Buenos Aires el 11 de abril de 1944 pero se crió en Rosario, donde comenzó su amor por los botes. Llegó fácilmente a la final, el 2 de septiembre. También lo hizo el ruso Malishev. Don Alberto Demiddi padre, el viejo entrenador de natación que se había enfrentado con su hijo, viajó en secreto a Alemania para ver la definición. Pero no se animó a entrar a la cancha: temió contagiarle mala suerte. Demiddi se había surtido de sus caros amuletos, medias rojas y una medallita de Rómulo y Remo amamantados por la loba. Era la primera vez que una regata se televisaba a la Argentina, y para Rivadavia relataba José María Muñoz. No pudo ser victoria, Malishev tuvo una jornada única y lo superó por muy poco. Sin embargo fue hazaña para todos menos para él: "Me molestaba mucho perder, por eso nunca disfruté demasiado de los triunfos", dijo poco antes de su muerte, a los 56 años, afectado por un cáncer brutal.
"Se puede no estar de acuerdo con Israel sin ser antisemita y se puede pedir un minuto de silencio y no ser señalado como un agente de propaganda judía", gritó un lector en The Guardian, en el fuerte debate que provocó la negativa del COI de recordar a las víctimas de Múnich en la ceremonia inaugural de los Juegos de Londres 2012. "Tengo las manos atadas", cuenta Ankie Spitzer que le confió Jacques Rogge, entonces Presidente del COI, al intentar explicarle la decisión. "Sus manos -le respondió la viuda- no están atadas. Mi marido tenía las manos atadas, y también los pies. Así lo asesinaron. Eso es tener las manos atadas". Rogge insistió con que ese tipo de homenaje no está dentro del "protocolo" de las fiestas de apertura. "Que mi esposo volviera en un cajón tampoco formaba parte del protocolo olímpico", respondió Spitzer. Rogge solo la miró. El acto de este lunes 5, en Múnich, a cincuenta años de los días de terror olímpico, anuncia la presencia del presidente alemán Frank-Walter Steinmeier, del presidente de Israel, Isaac Herzogy, y de familiares de las víctimas. Luego, el presidente del Comité Olímpico Internacional, Thomas Bach, visitará Israel para el acto que se realizará allí. Supone el final de años de disputa entre las partes. El olimpismo siempre pretendió creer en un mundo de ensueño, de un deporte puro, neutral y apolítico. Una entelequia perfecta y conservadora. Alemania recuerda el hecho como "Atentado Olímpico". Demasiado débil. Ni siquiera trasmite el horror de lo que sucedió. El resto del mundo lo llama de otra forma: "La Masacre de Múnich".

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