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Atlético, L'amour fou

"El ser que ama está sujeto a sufrir o, lo que es peor, a engañarse acerca de la razón de su sufrimiento. Debido a la entrega absoluta que ha hecho de sí mismo, se ve tentado a culpar al amor, cuando es precisamente la vida la que falla", de "El amor loco" ("L'amour fou", 1937). André Breton (1896-1966).

Deportes - La Otra Mirada 25 de julio de 2022 Redacción Web Redacción Web
columna

Por Oscar Martínez - "Tristeza não tem fim, felicidade sim", canta el genial poeta y cantautor Vinicius de Moraes. La tristeza no tiene fin, en cambio la felicidad, sí. Somos felices de a momentos, pero cuando la tristeza nos invade parece interminable. Dice Vinicius que la felicidad es como una pluma, que el viento va llevando por el aire, pero que tiene una vida breve. Bueno, en el fútbol, lo bueno es que la muerte sólo dura un ratito. Hasta el próximo partido o hasta una victoria de nuestro equipo. Es que, de todos modos, el fútbol es la vida misma, Y si uno vive en Argentina, "un país condenado al éxito", mucho más. Sólo uno gana, sólo uno es campeón, y entonces siempre son más los derrotados, los frustrados. Y sin embargo es tan apasionante el fútbol como la vida. Ser argentino es tan difícil como apasionante. Hay que nacer en estas tierras y luego ver a que increíblemente inepto elegimos como presidente para arruinarnos la existencia y contrarrestar aquella estúpida muletilla del éxito al que estamos condenados. Pero ser de Atlético es algo que se elige. Como dice Hugo Asch de Rácing, "la burocracia del éxito", no es un club que necesite ganar para ser amado. Le basta con ser.
Escribo esto pensando en hinchas como yo, que sufrieron la derrota ante Chacarita a través de la radio porque pocos pudieron ver las imágenes por televisión, después de una semana donde nos ilusionamos porque el equipo ganó luego de trece partidos. Volvimos a perder. "Tristeza não tem fim, felicidade sim". 3 a 1. El manual de "podría haber sido" nos dejó algunos tiros en los postes y travesaño, un par de posibles penales discutibles y mala suerte a la hora de definir. Pudimos, pudimos, pudimos, pero lo cierto es que no lo hicimos. De visitante perdemos una y otra vez. Y los fantasmas del descenso siguen volando. ¿Cambió Atlético al cambiar de entrenador? Algo, al menos en la intención. Lo que pone en foco del fracaso a los futbolistas. El tiempo de analizar a los dirigentes es cuando el torneo termine.
Este equipo comete errores infantiles a la hora de defender y también a la hora de definir lo que, ahora sí, genera en ataque. Parecen pecados de juventud. Un equipo en la edad del pavo. Nada grave si no fuera porque compite en un mundo adulto, despiadado, con mucho dinero en juego y a pura exigencia. En un terreno donde nadie perdona nada.
Se ha dicho en esta tribuna que el torneo es mediocre y parejo, y que Atlético puede pelear contra la gran mayoría de igual a igual. Pero ganarles es otra cosa, por eso está donde está. Que se dude de sus posibilidades, que se ponga en tela de juicio su aptitud para alcanzar la victoria, puede ser un acicate que lo lleve a consumir las reservas anímicas y temperamentales para demostrar lo contrario. La desconfianza ajena es un estímulo más. Unifica voluntades, despierta espíritu de grupo. Ansias de revancha. Se desea que todas nuestras consideraciones genere en los jugadores una rebelión contra la observación adversa. Deseo que el menosprecio y la crítica los motiven tanto como el rival más encumbrado. Se suele aseverar que cuanto menos se espera de él, el futbolista nacional más parece estar dispuesto a entregar. Es su idiosincrasia, dicen. Y también que, en general, vive para la gloria deportiva y no le molesta el alimentarse con veneno. Una dieta que este conjunto está condenado a consumir casi desde el primer día. Engordar sus apetencias deportivas a pesar de ella es su gran desafío.
En un país que duele por todos lados pero en el que la gente sólo se revela si se trata del fútbol, como se vio en estos días en Independiente, donde cualquier cosa loca puede pasar y pasa, no una, sino dos, tres veces; donde cualquiera dice cualquier cosa gratis, hasta que es demasiado tarde para cuantificar los daños. Un país raro, como la vida. O más. Los hinchas de Atlético nos aferramos a la esperanza de que todo cambie por nuestro loco amor. Ojalá los futbolistas lo entiendan.

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