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Perón nació en la Sociedad Rural

¿Por qué el germen del peronismo hay que buscarlo en la «interna» de la burguesía terrateniente de la segunda mitad del siglo XIX e inicios del XX?

Especiales 01 de julio de 2022 Redacción Web Redacción Web
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1802. Pasaron 220 años desde que Manuel Belgrano, en la Memoria presentada al Consulado, argumentó como pocos a lo largo de la historia argentina porqué había que industrializarse. Dijo: “Todas las naciones cultas se esmeran en que sus materias primas no salgan de sus Estados a manufacturarse, y todo su empeño es conseguir no sólo darles nueva forma, sino también extraer del extranjero productos para ejecutar los mismos y después venderlos” (Manuel Belgrano. Vida y pensamiento de un revolucionario – Felipe Pigna – Ed. Planeta, 2020).

En aquel entonces, quien a la postre sería uno de los tres principales líderes de la revolución independentista junto junto con José de San Martín y Martín Miguel de Güemes, sentenció: “La importación de mercancías que impiden el consumo de las del país, o que perjudican al progreso de sus manufacturas, lleva tras sí necesariamente la ruina de una Nación”.

“(Para Belgrano era la única forma de evitar) los grandes monopolios que se ejecutan en esta capital (Buenos Aires) por aquellos hombres que, desprendidos de todo amor hacia sus semejantes, sólo aspiran a su interés particular, o nada les importa que la clase más útil al Estado, la clase productiva de la sociedad, viva en la miseria y desnudez que es consiguiente a estos procedimientos tan repugnantes a la naturaleza, y que la misma religión y las leyes detestan” (El Historiador).

A veces cuesta comprender cómo un país que tuvo auténticos intelectuales y visionarios desde antes de su independencia, 220 años después siga dependiendo de la exportación de las materias primas del campo, el cual, como ayer, hoy y mañana, está en manos de unas 1.200 familias, empresas o sociedades offshore radicadas en paraísos fiscales.

Los de la propia clase

Pero pasemos de Belgrano a hombres que hacia mediados y finales de aquel siglo XIX, aún perteneciendo a la clase dominante argentina, advirtieron una y otra vez y con una claridad meridiana a la burguesía terrateniente que el único camino para un desarrollo federal, integral y sostenible era utilizar las pornográficas ganancias que daba el “granero del mundo” para industrializar la Nación. Aquí sólo haremos mención a tres: Vicente Fidel López, Carlos Pellegrini y Ezequiel Ramos Mexía.

En la década de 1870 surgió la Escuela Argentina del Industrialismo Nacional de Vicente Fidel López. Era el hijo de Vicente López y Planes, el autor del himno. Historiador, abogado y docente de la UBA, fue diputado nacional entre 1876 y 1879 y ministro de Hacienda desde 1890 hasta 1892, durante la corta presidencia de su principal discípulo, Carlos Pellegrini, quien tuvo la tarea de remontar una de las mayores crisis de la historia argentina, la de 1890, provocada por las políticas ultraliberales y de especulación bursátil y comercial de la administración de Miguel Juárez Celman (1886-1890 y renuncia).

Fue tan grande la crisis que el megapréstamo que la banca británica Baring Brothers le dio al país en 1880, muy por encima de sus posibilidades, casi quiebra. Dos cuestiones: 1) El empréstito original con la Baring Brothers lo tomó Bernardino Rivadavia en 1824, fue “el más largo del mundo”, y lo terminó de cancelar el primer gobierno peronista en 1947; 2) Cualquier semejanza de aquella situación con el megapréstamo del FMI de 2018 muy por encima de las posibilidades del país y la consecuente situación actual, puede que no sea mera casualidad.

“Los puntos fundamentales de la doctrina industrialista de Vicente Fidel López los encontramos expuestos por primera vez en 1873, cuando intervino como diputado nacional alertando de que ‘a raíz del principio de la libertad de comercio exterior se ha producido una degeneración completa de nuestras fuerzas productivas y del adelanto social’” (La doctrina industrialista de Carlos Pellegrini – Oreste Popescu, 2014).

Aquel 27 de junio de 1873, en la Cámara de Diputados de la Nación, Vicente Fidel López no dejó dudas sobre su postura: “Si tomamos en consideración la historia de nuestra producción interior y nacional, veremos que desde la Revolución de 1810 se empezaron a abrir nuestros mercados al libre cambio extranjero y comenzamos a perder todas aquellas materias que nosotros mismos producíamos elaboradas… y que podían llamarse emporios de industria incipiente… Hoy, están completamente aniquiladas y van progresivamente camino a la ruina”.

Carlos Pellegrini, miembro indiscutido de la clase dominante argentina, fue una y otra vez tan o más claro que su mentor. “Una nación, en el concepto moderno, no puede apoyarse exclusivamente en la ganadería y en la agricultura, cuyos productos no dependen sólo de la actividad o de la habilidad del hombre sino, y en gran parte, de la acción caprichosa de la naturaleza. No existe hoy, ni puede existir una gran nación, si no es una nación industrial, que sepa transformar la inteligencia y actividad de su población en valores y en riqueza por medio de las artes mecánicas. La República Argentina debe aspirar a ser algo más que la inmensa granja de Europa. Y su verdadero poder no consiste ni consistirá en el número de sus cañones ni de sus corazas, sino en su poder económico” (Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados de la Nación – 14 de septiembre de 1875).

Asimismo, expresó que “si el libre cambio desarrolla la industria que ha adquirido cierto vigor y le permite alcanzar todo el esplendor posible, el libre cambio mata la industria naciente… La protección del desarrollo industrial no es otra cosa que una extensión de los principios que rigen el desarrollo de la vida”.

Ninguno fue escuchado por los grandes latifundistas que integraban la Sociedad Rural Argentina, aquellos que vendiendo granos y carnes vivían, literalmente, como los nobles europeos. Así, de un lado de la burguesía terrateniente hubo un proyecto que buscaba emular el camino que siguieron en el norte Estados Unidos o Australia, “países jóvenes y eminentemente proteccionistas para sus propios productos, con el objetivo de evitar que sus sociedades caigan en la dependencia de las naciones ya desarrolladas” (Oreste Popescu, obra citada).

Desde el sur

En 1910, mientras la inmensa mayoría de la burguesía terrateniente seguía haciendo oídos sordos a los visionarios industrialistas de su propia clase y festejaba por todo lo alto ser el granero del mundo (8va. economía planetaria con el 90% de la población viviendo de sobras), el ministro de Obras Públicas de la Nación, Ezequiel Ramos Mexía, decidió darle forma definitiva a un proyecto que venía madurando hace años: la colonización de la Patagonia con la unión de sus principales ciudades mediante el ferrocarril, la implantación de una provincia cordillerana y, como capital de la misma, una ciudad industrial; desde el sur, comenzaría la industrialización de todo el territorio nacional (Proyecto Patagonia Norte, Universidad Nacional del Comahue).

Para ello, Ramos Mexía contrató a Bailey Willis, ingeniero en Minas e ingeniero Civil en la Universidad de Columbia y geólogo y profesor de Geología en las Universidades Johns Hopkins, Chicago y Stanford, quien había participado intensamente en la colonización y desarrollo industrial del oeste y sudoeste de EEUU.

Willis vino al país, estuvo relevando el sur -donde encontró “enormes similitudes entre Argentina y EEUU”-, se fue a Inglaterra para adquirir equipos de última generación y regresó con profesionales y técnicos que habían trabajado codo a codo con él.

Así nació el proyecto Patagonia Norte, que chocó de frente con los intereses de los británicos que manejaban los ferrocarriles y con los de la mayoría de latifundistas que no querían salir de su zona de confort. Ramos Mexía fue empujado a renunciar en 1913, y al ingeniero y geólogo Willis le cortaron los fondos y «lo invitaron» a volver a su país.

Argentina se pudo industrializar desde 1810. O, a partir de entonces, en cualquier momento. En la segunda mitad del siglo XIX hubo hombres lúcidos que señalaron el camino: la industrialización en base a las insultantes ganancias del campo. También los hubo a principios del siglo XX. Ninguno fue escuchado.

Así las cosas, nos permitimos replantear un tanto la historia oficial que pone todas las culpas del subdesarrollo argentino en el radicalismo populista (yrigoyenismo) y, sobre todo, en el peronismo. Vale recordar que Belgrano, Vicente Fidel López, Carlos Pellegrini y Ezequiel Ramos Mexía, entre muchos otros, marcaron el camino un siglo o medio siglo antes de que Juan Domingo Perón asumiera la secretaría de Trabajo y Previsión del gobierno de facto encabezado por el general Edelmiro J. Farrell.

Citaremos dos fuentes. Primero, una nativa. Luego, una inglesa y ultraliberal.

“Argentina no pudo ser EEUU por su burguesía (…) En ese momento (finales del siglo XIX, inicios del siglo XX) estábamos cabeza a cabeza, eran los dos gigantes de América”, dijo Felipe Pigna durante una entrevista en el prestigioso periódico El País de España.

-¿Por qué Argentina se quedó atrás?, le preguntaron. Respondió: “EEUU despegó a partir de 1900 porque se dio cuenta, muy tempranamente, de que el campo debía ser el motor de la industria. Fue modélico en eso. Tomaron una decisión que era la antítesis de Argentina: distribuir la tierra que se iba ganando al indio de forma equitativa, en terrenos de no más de 30 hectáreas. Eso hizo que los farmers (agricultores) tuvieran que tecnificar el campo, promovió la inventiva y la industria. Hubo una integración social muy horizontal. En Argentina se entregó la tierra a grandes latifundistas que no la poblaron y se dedicaron a especular con los campos. Argentina no fue EEUU porque su burguesía, su clase dirigente, eligió el modelo agroexportador”.

–¿Y el peronismo? “Es un error atribuirle al peronismo, como hacen los liberales, la caída de Argentina. Al contrario, había un país muy injusto que el peronismo intentó poner en caja. Desde ese momento hubo un boicot de las clases altas al modelo industrial peronista”.

Muy lejos de aquí, en Londres, el ex director del Bank of England y editorialista del ultraliberal periódico británico Financial Times, una de las “biblias” de los grandes hombres de negocios del planeta, Alan Beattie, sentenció en su libro “Falsa economía: una sorprendente historia económica del mundo”, que Argentina no siguió el camino de EEUU porque mientras el país del norte “repartió la tierra en parcelas pequeñas, Argentina se las dio a unas pocas familias. EEUU favoreció a colonos squatters (usurpadores u ocupantes ilegales); Argentina, a terratenientes”, describió, para puntualizar que “el resultado inmediato fue que mientras en Estados Unidos la poca cantidad de tierra por cada propietario obligaba a la innovación para optimizar y mejorar ganancias, a los latifundistas argentinos les alcanzaba con vacas, ovejas y alambre de púa”.

Continuó: “Las economías rara vez se hacen ricas sólo con agricultura. Gran Bretaña había mostrado el camino: industrialización. Pero las élites argentinas rechazaron la industrialización para seguir mamando de la teta de la explotación agropecuaria latifundista”.

«Yo no lo inventé a Perón»

Cuando Enrique Santos Discépolo le hablaba al personaje imaginario Mordisquito -el típico caso de quien se convirtió en clase media con el peronismo para luego volverse anti-, le decía: “Yo no lo inventé a Perón ni a Eva Perón. Los trajo en su defensa un pueblo a quien vos y los tuyos habían enterrado en un largo camino de miseria. Los trajo tu tremendo desprecio por las clases pobres a las que masacraste, desde Santa Cruz hasta Vasena, porque pedían un mínimo respeto a su dignidad y un salario que les permitiera salvar a los suyos del hambre. Sí, del hambre y de la terrible promiscuidad de sus viviendas, en las que tenían que hacinar lo mismo sus ansias que su asco (…) ¡Perón es tuyo! ¡Vos lo trajiste! ¡Y a Eva Perón también! Por tu inconducta”.

Argentina pudo ser un país industrial, desarrollado y moderno desde finales del siglo XIX, principios del XX. Pero los antepasados de las 1.250 familias, empresas y sociedades offshore que hoy detentan el 40% de las mejores tierras, no quisieron que así fuese. Por un profundo egoísmo, una tremenda miopía, un insoportable clasismo. Sí, quizás el peronismo comenzó a germinar en aquellos debates en la Sociedad Rural, donde sus socios sonreían socarronamente cuando los López, Pellegrini o Ramos Mexía planteaban que ninguna nación se vuelve próspera para todos sus habitantes sólo con agricultura y ganadería. (90líneas)

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